miércoles, 19 de septiembre de 2012

nocilla firefrog

Hay momentos en los que aún sabiendo que no sirve de nada llorar contienes un vacío abismal que parece comerte poco a poco, arrancándote una a una las sonrisas que te impulsan a seguir adelante, que ansía desdibujar la chispa con la que matas las sombras que te siguen por doquier. Das un paso, y otro, y otro, y te paras. Te paras, y subes la cabeza manteniendo la mirada fija, y la vuelves a bajar, porque de eso se trata, ¿no?
Metes las manos en los bolsillos resignándote, sigues sin solucionar nada, pero al sacarlas la figura que aparece remangada te mete más oxígeno en los pulmones. Echas a correr con sus voces alentándote a coger más velocidad, a tomar impulso con cualquier piedra traidora, a perder el control sobre tu propio cuerpo.
Y vuelves a caer. Falta de costumbre a esa sensación, o eso quieres suponer. Miras en búsqueda de algún daño colateral, y comprobando que todo sigue en su sitio, en un intento de reanudar la mar-cha, te encuentras ardiendo por culpa de una rana pirómana.

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