lunes, 8 de abril de 2013

C'est... moi


A estas alturas de la vida quizás las presentaciones puedan sobrar, pero me he despertado
con la pata de mi yo egocéntrico y con una mayor o menor dosis de modestia se pueden dejar a entrever cosas que se le hayan dado un segundo plano.
Soy un monstruo habitante en una cueva, un bicho nocturno del que hay que estar pendiente si quieres ver por su estatura portátil, amante de la música, una rana, los idiomas, y de tocar cuanto pueda las pelotas. Prefiero el honor, la honestidad, y la humildad aunque estén pasados de moda, y a pesar de que tengo un cupón de regalo de 2 décadas y otros sueltos, en los bolsillos me suelo guardar algo de inocencia e ilusión junto con el bote de paciencia y la caja de mi humor personal. Como incógnita que soy de una sola variable me gusta complicarme a la hora de realizar mis tareas, con la entropía de una mano y en la otra una memoria que acusada de ser selectiva (aunque mi diagnóstico es que funciona a su propia voluntad). No me gustan las masas ni busco la perfección, prefiero saber un poco de todo y cultivarme tanto por dentro como por fuera, aunque conlleve más tiempo por eso de que mi constancia tampoco rebosa por culpa de la amiga pereza. Hay quien dice que soy buena persona, yo suelo responder que no es difícil seguir el Hakuna matata, o lo que un amigo me ha dicho más de una vez de ‘desea a los demás lo que te desearías a ti mismo’, yo lo intento. Tengo tres hijas: María, la mayor de todas, la patriota, me lleva acompañando cuando ya nadie me ha soportado (por eso de que ella no puede salir corriendo) y se sigue quedando conmigo aunque haya veces que tenga que quitarle el polvo y afinarla por estar algo más pendiente de sus dos hermanas pequeñas; pero eso sí, espero que algún día puedan convertirse en niñas de verdad, aunque así también las quiero. Me gusta pensar que tengo 7 vidas y que, según mis cuentas, me he pulido 3 por la cabeza que tengo, entre otras cosas. Tiendo a jugar al pingpong con el romanticismo pero los partidos no suelen acabar por eso de que la pelota se queda empalagada a la mesa. Adoro la sutileza y puede que exteriorice más bien poco, pero prefiero el sonido del silencio y que cuando alguien hable sea para decir algo más bello que ese silencio aunque sea yo quien no aguante sin romperlo para hacer el tonto y robar sonrisas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario