sábado, 27 de abril de 2013

Kano koe

Su voz a lo lejos se acercaba y canturreaba  mientras al otro lado de la puerta guardaba silencio con los ojos cerrados, intentando auto-convencerme de que estaba allí, y una vez que volvió y se asentó estuvo amansando a una bestia que tantos años había costado adiestrar, hasta que el silencio los inundó y fue roto con un sonido de lamento para pedir que no se callara, pero la sorpresa le sonrojó ya que no pensaba que pudiera tener público alguno, y aunque no dijo nada, y sus mejillas mantuvieran ese color, pasado un rato nuevamente las paredes se llenaron de un timbre que al cual las sonrisas no se cansaban de acompañar. No había nada más en aquel lugar que no albergara la paz sobrecogida por el momento en el que sus labios se despegaban y conseguían hacer olvidar que hay un antes, o un después, o un algo que no fuera el deseo de que ese instante fuera para siempre.

Una noche de verano de esas en las que el asfalto humea pasadas las diez de la noche
cuando la piel brilla
a juego con los ojos
y el hielo es el mejor amigo de cualquiera
esas noches
son perfectas para beber a la luz de la luna
pero sin duda
lo mejor
de esas son los besos frios por el hielo
mientras el resto del cuerpo se desmorona
por el calor.

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