martes, 29 de julio de 2014

Corchetes y corcheas.



Habían perdido la cuenta de los vasos que se habían llenado y vaciado, y vuelto a llenar, y vuelto a vaciar… y así sucesivamente desde… habían perdido la cuenta cuándo. El piano se había dado a la ginebra repitiendo torpemente una melodía mientras la guitarra yacía tumbada bocabajo con una mano agarrada a una de las botellas que la rodeaban, ambos sin signos de consciencia pero con las cicatrices propias de las composiciones que habían surgido mientras compartían bebidas entre musas y fusas, partituras interpretadas a cuatro manos que derretían los ojos y los oídos en mares de vasos cortados por los compases en los que en cada pulso batían cada nota como si de un duelo se tratara, o quizás reivindicaron el amor que les fue impuesto por los luthiers, callándoles e impidiéndoles sonar más allá de cómo fueron creados, pero a pesar de que la guitarra era un instrumento que, aunque de cuerda tuviera poco, compartía sus pulsaciones con el teclado y ambos sentían las intensidades con las que sus notas resonaban en sus cajas de resonancia cada vez que un dedo se posaba sobre ellos. Hasta que caían muertos de agotamiento, sin aliento y sin manos con los que poder sostener otro vaso más con el que curar las marcas que se habían expandido a lo largo del cuerpo a medida que pasaba la noche.