martes, 19 de mayo de 2015

“La verdad os hará libres”, dijo mientras fumigaba.



Si las ladillas resultantes de posiciones más o menos sociales pudieran contar sus historias el civismo iba a reducirse a un eufemismo de la vuelta de la quema de brujas, pero eso sí, con palomitas. Es increíblemente divertido ver cómo hay quien alardea de la propia ignorancia mientras no oculta cómo sus piernas tiemblan del miedo (o el escozor), mientras sólo importa el número de veces que se elogie a un peligroso caballero y al alter ego, a la vez que se utiliza como escudo y espada (y siempre desde el altruismo) un nombre que quizás ha matado tanto como ha amado, y sin (querer) saber su excelentísima con cuál de los tres pasa más tiempo.

Pulgas o ladillas. Es igualmente una macedonia de colegas en la cual hay quien podría hacer más por la sociedad como donante de órganos, una reunión de alcohólicos anónimos con una pegatina con sus nombres y el número de ceros que pueden alcanzar sus talonarios, y un banquete en el que a pesar de que es bien sabido que está el bacalao podrido cogemos la porción que nos corresponde mientras ponemos la oreja en la mesa del otro lado para comprobar el número de gusanos que tienen.

Sumisión a primera vista, que saben sentarse y guardar silencio. Están adiestrados para ladrar y escupir incongruencias previamente defendidas mientras rasques su barriga de cuando en cuando. Un paso atrás a la segunda, que en cuanto les das un poco de espacio cogen impulso y creen que pueden morder. Hasta que recapacitas en la tercera, en la que te das cuenta de que quien tiene el poder es el inconformismo.