miércoles, 25 de noviembre de 2015

Nada más que añadir Señoría



En mi defensa diré que la verdadera culpable fue su piel que, tan infinita como inalcanzable, no daba tregua a los suspiros de unos pobres ilusos de su desdicha por tener que conformarse con el universo de la fantasía. O también pudiera serlo su cuello, siempre escoltado por una seda castaña, arropándolo bajo la llave de la serenidad, y alejando a quienes no merecen sus sonrisas. Que ya que las mencionamos, podrían aceptar de igual manera la condena por alterar el estado mental de las aceras; pero a su señoría rogaría que no castigara a este puñado de inocentes sin ella, a la vez que culpables de perder el norte cada vez que ésta se dejaba ver con su rubor.
Y por otro lado sería impensable pasar por alto la forma con la que su mirada cobijaba con sumo cuidado de las más tiernas de las inocencias, o sus caderas al empañar retrovisores que se desnucaban por no querer dejar su reflejo, o su boca, que directamente destrozaba los esquemas a cualquier tipo de concentración que no tratara de disminuir unos sentidos para maximizar otros, o sus piernas marcando el ritmo a las agujas del reloj, o… Sería impensable mantener la cordura si al girar la vista se adentra en tu campo de visión y en tu mundo, y no intentar adentrarte en el suyo.