domingo, 6 de diciembre de 2015

Tadaima.


Sin avisar siquiera rodeó todas las murallas con sus brazos y las derrumbó al bajar los párpados. Así, tan fácil y rápido como la sonrisa que le apareció después. Como si no quisiera dejar algo en pie, volvió a recordar a qué sonaban sus carcajadas y recompuso lo que quedaba con un susurro que no ha dejado de gritar.
Mi casa.

Mientras su piel sigue afirmando saber cómo florecer a lo largo de las estaciones, las flores han dejado de creer en la primavera quedándose desnudas con los llantos de sus pétalos, que menos mal que el invierno las ha arropado y las ha mandado a dormir, ya que si no hubiéramos tenido que buscar nuevas formas de retar al desconcierto a perderse en la relatividad de un tiempo odiosamente juguetón.

El reloj lleva ya un tiempo a sus espaldas consciente de la posibilidad de que otra vez vuelve a intentar componer nuevos ritmos, pero esta vez ha cogido una libreta nueva y ha llenado una tetera con las que no va a permitir que los nuevos proyectos se vean condicionados por los borradores anteriores.

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