domingo, 12 de junio de 2016

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Las manos se habían terminado insensibilizando después de pasado un rato al mismo ritmo, quizás había tocado algún nervio en algún momento, pero ahora temblaban como por voluntad propia. También había vuelto el silencio, o lo que lo parecía, y sólo se oía cómo alguien intentaba recuperar el aliento desde la cama, la cual tanto ella como la pared habían sido testigos de la escena desde el principio, y manteniendo los ojos muy abiertos, atónitos ante los gritos propios de tal desahogo, volvían a arropar lo que ahora quedaba de los suspiros.
“Vamos”, dijo levantando la vista, y volvió.
Y esta vez la pared dejó de ser espectadora y relevó a la cama, de la cual ya no quedaba mucho, y empezó poco a poco a empaparse de los golpes que se le acentuaban sin ser culpable de nada. No tardó en cambiar sus colores, ya que no podía evitar sonrojarse con forme se intensificaban los latidos de cada mano contra la misma, ni apartar la mirada sin que ese rubor derramara como lágrimas las gotas que se quedaban inmersas en el lienzo. Hasta que volvió otro silencio a causa del desgaste o la impotencia, o la resignación, o la consciencia de que las cicatrices resultantes de aquellos asaltos le ayudarían a dar los pasos venideros.